"¡Que pase el bufón!" Escuché decir al guardia; su voz ronca y estruendosa resonó en mi oído amedrentado como el lúgubre redoble que llama al cadalso.
Caminé con paso vacilante hasta aquella amplia y fatal puerta resguardada por tres soldados elegantemente ataviados (refinado avatar del Cancerbero terrible), crucé lentamente el dintel y entré, temeroso como nunca, en la cámara real. La luz del sol, flava luz de atardecer, entraba por el enorme ventanal justo a las espaldas del trono, derramándose sobre la solemnidad de las paredes endoseladas, de las columnas imponentes y de los mudos rostros de los presentes, de tal suerte que me pareció estar, ya muerto, en el mismísimo tribunal de los Infiernos. Allí dentro estaba reunida la corte entera, la cual el rey, con muestra de singular descortesía, juzgaba necesario recortar, pues, según era el rumor, algunos de sus miembros querían a su vez cortarle la cabeza. ¡Ah, lenguas ponzoñosas! ¡Almas devoradas por las fauces de la envida! ¿Cuál de ustedes, viendo con malos ojos la regia risa que mis gracias provocaban, osó incluir mi nombre vulgar en la lista de los nobles conjurados? Por causa de ustedes, alevosos cuervos que alrededor del rey se posan cual si fuese éste espantapájaros, estaba yo allí, en esa hora desgraciada, esperando el inapelable veredicto de aquel a quien tanto y tan diligentemente había servido.
"Sobra preguntar" dijo éste con su usual gesto de soberbia y su timbre de fastidio "si traes contigo otra espada que la de tu ingenio, ¿cierto?"
"No otra, su majestad; y estoy dispuesto a desenvainarla apenas lo solicite vuestro cetro."
"Sabes que posees licencia de esgrimirla, siempre y cuando sea inofensiva."
"Divertida al menos; eso lo aseguro." Apenas dije esto noté un cambio de expresión en el rey; asimismo, el Gran Chambelán, viejo enojoso y antipático que estaba a cargo de indagar sobre la hasta entonces no develada conspiración, clavó sobre mí sus inquisitivos ojos. Entendí entonces que, a menos que quisiera liberar mis hombros del peso de mi cabeza, debía ser más cauteloso en lo que decía.


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