Después de algunos incómodos segundos de silencio, el rey soltó una risa discreta, acaso fingida, y respondió:
"Bufón, aguzado bufón, encontrarás motivo para bromear hasta en tu lecho de muerte."
"Por complaceros, su alteza, os haría reír hasta la tumba… hasta la mía, quiero decir."
En este momento el Gran Chambelán, adverso Radamante, al tiempo que me dirigía una mirada desdeñosa dijo algo al oído del rey (quien, no llamándose Minos, tal me pareciá entonces) que no alcancé a escuchar, pero cuyo contenido fue a todas luces evidente apenas retomó éste la palabra:
"Conoces el motivo de que te hayamos hecho llamar, ¿no es verdad?" Yo asentí con la cabeza, ningún sonido articulando, los ojos a mis pies cual perrito regañado. Luego añadió: "Dinos, pues, cómo te declaras ante tan grave y vergonzosa acusación."
"Inocente llegué al mundo y como tal pienso dejarlo, mi señor, aunque mi mujer afirme lo contrario."
Al escuchar mi respuesta, el semblante del Gran Chambelán se mostró aún más adusto; en el del rey, por el contrario, se asomó una leve aunque sincera sonrisa, con la cual se apaciguaron un tanto mis crispados nervios.
"Me es difícil pensar que tú, quien tantos beneficios nos has prodigado mediante las gratitudes de la risa, tengas en mente hacernos daño alguno."Dijo la boca real, aunque a mí todo me parecía salido de un mal sueño. "Sea, pues, tu defensa la comedia; haznos reír y quizá con las carcajadas sean disipadas nuestras dudas."
¡Grandísimo peso del que fui entonces liberado! ¿Cómo acertar a describir el inmenso alivio que aquellas solas palabras prodigaron a mi espíritu, antes oprimido por la angustia hasta el extremo de la asfixia? Y es que en verdad, querido lector, cuando un hombre se halla a tal grado desesperanzado en estos asuntos judiciales que ya su mente, a sólo un paso del colapso, cree verse pronunciada culpable, anegada en las profundas tinieblas de un calabozo y presa de los más crueles tormentos que en su fantasía genera; en este caso, digo, el menor atisbo de esperanza resulta a esta alma ansiosa lo mismo que un vaso de vino a un borracho en abstinencia, o lo que una lasciva cortesana a un libertino en celibato… En fin, si mis palabras no trazaron siquiera vagamente lo gratísimo de esta sensación, recuérdalas la próxima vez que te encuentres en situación semejante y sabrás de lo que hablo. Pero ahora vuelvo a aquel momento en que, favorecido por la magnanimidad de mi amo y señor, me disponía a lustrar mediante chanzas la manchada moneda de la verdad (sublime facultad que, no está de más decirlo, siempre ha tenido la comedia).

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