26.1.09

POSTRERA CARCAJADA (3 de 6)

Allí estaba yo, pues, parado justo en el centro de la sala, implacablemente vapuleado por muchos ojos (en especial por los del Chambelán, malencarado eterno), presa de un hormigueo pausado e intenso que me recorría de pies a cabeza, con la sensación de estar como un ciego funámbulo a punto de precipitarse en un abismo ancho y profundo, desde cuyo fondo la Fortuna, muchacha voluble, blandía una guadaña sedienta de mi sangre; yo sabía bien que de cada palabra, de cada ademán, de cada gesto apenas sugerido en mi semblante, dependía mi salvación. No obstante, esforzándome en extremo por temperar mi conturbado ánimo, logré finalmente comenzar a hablar, no sin cierto quebranto en la voz mucho más evidente de lo que habría querido:

"Os referiré, oh rey excelentísimo, veneranda reina e ilustres miembros de la corte, mi último encuentro con un buen amigo que bien sabéis yo tengo allá abajo en la aldea, y si no lo sabíais ahora lo sabéis, llamado Don Pópulo, mejor conocido por vosotros como Vulgo, con quien frecuentemente me reúno para empinar amistosamente el codo y conversar hasta quedar ambos debajo de la mesa. Sobre este amigo mío he de decir, para aquél de vosotros que atareado por los recreos del palacio no lo haya conocido todavía, que su voz, según se dice, es la mismísima de Dios; verdad que, por cierto, me parece aterradora, pues siendo ciertamente más aullido que voz, ronca, disonante y marinerescamente aguardentosa como es, se me hiela la sangre sólo de pensar que con semejante graznido el Señor creo este mundo en que vivimos. Pero en fin, sentido del humor no le falta a este mi amigo, por lo que podría decirse que su conversación es una niñita muy amable y juguetona, vestida por desgracia con los más sórdidos harapos.

Mas de lo que deseo hablar no es de esto, sino de que hace unos pocos días fui a visitarlo a su hogar como es costumbre, donde me recibió con gran hospitalidad, lo cual no lo es tanto, pues a menudo pago yo el plato de los nada moderados enfados que le provocan sus menos mesuradas deudas. Me invitó, pues, a pasar, y nos sentamos en las únicas dos sillas de su hambreado comedor; sacó una botella de cierto vino peleón que, según dijo, había estado guardando especialmente para mi próxima visita, y yo, agradeciendo cordialmente semejante afrenta, comencé a herir la garganta con los rudos puñetazos de aquel bebistrajo. Ya las copas llenas y la botella sobre la mesa, no se demoró más la conversación y comenzamos hablando de asuntos conyugales (pues de cierto es mejor anunciar primero las nuevas desgraciadas), quejándose él de la insoportable carga de su corpulenta esposa y yo, por mi parte, refiriéndole lo más negro de mi humor. Después, habiendo desahogado ambos nuestras penas y ahogados ya con cinco o seis vasos de vino, mudamos el borrascoso rumbo de la conversación hacia un clima más ligero, fatuo y chusco: la política."

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