28.1.09

POSTRERA CARCAJADA (4 de 6)

"Conversamos, pues, sobre estos humorísticos asuntos y no pasó mucho antes de que la conversación tocara en materia palaciega, tema del que me jacto yo de ser versado y por el cual se duele mi amigo de ser vejado. Háblame -dijo- de aquellos altos hombres que pasean sus largas túnicas por los amplios pasillos del enorme castillo y comen de los pingües banquetes que en sus ostentosas mesas se sirven. Por tan pomposa petición entendí yo que su deseo de escuchar tales asuntos debía ser igualmente mayúsculo, de modo que no lo hice esperar y le referí al punto la estatura de dichas personas, la longitud de aquellas prendas que llevan arrastrando cual si tuviesen cola que pisar, y, más que la untuosidad de los manjares, la indigestión que suele resultar del comerlos. Escuchado esto me solicitó que le platicara un poco sobre los insignes oficios que tienen lugar en el palacio; a lo que yo respondí que, si bien todos y cada uno de los miembros de la corte ostentaban un mote elegantísimo y más grande muchas veces que su mismo nombre, a mí me parecía que el único negocio que verdaderamente se practicaba en las cámaras del castillo era un plácido y relajado ocio. Me preguntó por los siervos, de los cuales yo dije que de su cargo sólo tenían los cuernos, pues más de una vez había escuchado decir que las esposas los habían puesto a los maridos. Del máximo y excelentísimo médico real le referí que, a menos que todos en la corte fuésemos griegos (lo cual no es el caso, aunque mucho le pese a los poetas), no desempeñaba bien su labor, pues más que curarnos parecía querer matarnos a todos con sus hediondos menjurjes y pestíferos remedios; y esto de los griegos lo digo porque, como estuviera una vez ejercitándome con uno de esos pesadísimos volúmenes que se cuentan entre la empolvada biblioteca y que son sin duda más efectivos que cualquier otra cosa para fortalecer los brazos, cayéndoseme uno de las manos, se abrió por casualidad en una página que trataba sobre ciertas Guerras Médicas, en las cuales muchas vidas había perdido aquella antigua lo mismo que gloriosa patria. Finalmente, ya bien entrados en copas hasta el vergonzoso extremo de que el basto vino con que me había estado llenando el vientre me sabía al mejor de los que he robado, perdón, probado en la cava real, me rogó que le contara algo sobre el Gran Chambelán de la corte, hombre famoso en las cantinas del reino, no sé por qué razón. De éste dije yo, sin falta alguna a la verdad, que chambelán sí era y mucho, pero de ningún modo grande; pues aunque lo había yo visto muchas veces con sus más altos tacones, siempre me pareció, cuando me hablaba, que no venía sino del suelo aquella voz. De hecho -le dije ya a punto de caerme al suelo de borracho- creo que su única función es la de recordar al rey su tan encumbrada posición, pues de otro modo no me explico el que tamaña bajeza esté siempre puesta junto a su alteza.”

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