27.1.09

TUMBABURROS

En mis asiduas peregrinaciones por la especular tierra del sueño, una vez me encontré, como quien advierte por casualidad una moneda en el suelo, un libro un tanto cuanto peculiar: En realidad se trataba de un diccionario, atestado de nombres y definiciones en caracteres sencillos y pequeños, que caían verticalmente en dos columnas como cascadas plomizas de significados y conceptos. Algunas ilustraciones, trazadas sin mayor arte pero de manera impecable, todas ellas monocromáticas, enriquecían los márgenes de aquel compendio de símbolos.

Fue una de esas raras pero gratas ocasiones en que no alcanzamos a distinguir si somos nosotros quienes actuamos o el argumento mismo quien actúa sobre nosotros. Al respecto, me he visto empujado a concluir, tras varias experiencias, que la verdadera explicación puede no ser ni una ni otra, sino cierto inescrutable equilibrio entre ambas. Quizá esa misteriosa Ley valga incluso durante la vigilia…

No es el caso transcribir aquí cada una de las palabras consultadas, que por cierto ascendieron a una suma grande y variada. Por lo demás, no logro recordarlas todas con la exactitud que quisiera; y de hacerlo, ni siquiera me parece que serían de gran utilidad para el lector. Alimentarían su curiosidad, sin duda, pero en todo caso obtendría más provecho si, por gracia del innominado numen que me lo concedió a mí, diera él mismo con el volumen en sus manos y buscara las palabras cuyo esclarecimiento le interesa.

Sea suficiente referir que, al momento de leer aquellas definiciones, todas me parecían perfectamente coherentes, pero además tan evidentes que rayaban en la hilaridad. La sintaxis, concisa y espléndida, golpeaba el entendimiento con la fuerza de un súbito relámpago y, por no se qué deslumbrante artificio, daba la impresión de que su significado era conocido de antemano. Hojear aquél prodigioso mamotreto era como practicar alguna insólita cábala con los conceptos más dispares. Todo allí relucía con una cristalina, natural y diría incluso lúdica franqueza, de manera que me suscitaba un estado de beata quietud y lúcida agudeza.

Al despertar, empero, a los soñadores nos quedan meros fragmentos, y en vano tratamos de reunir los tiestos para restaurar los exquisitos cántaros donde abrevamos nuestros añorados elixires… Quizá el futuro me otorgará una segunda oportunidad de escudriñar esas páginas; quizá el Espíritu me permitirá husmear de nuevo en su honda y omnisciente biblioteca; o tal vez lo que leí esa noche permaneció grabado en algún rincón de mi alma. De ser el caso, ruego a quien lo puso allí que lo haga emerger a la luz de mi memoria, permitiéndome así contemplar con sus ojos de verdad, al menos en parte, este vasto sueño que es la vida.

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