Apenas sucedió esto, por orden del Gran Chambelán los tres guardias que resguardaban la puerta se abalanzaron sobre mí, asiéndome fuertemente de las manos y propinándome dos o tres golpes que me dejaron más confundido de lo que estaba. Un cálido y pausado hilo de sangre manó de las heridas por estas agresiones infligidas, tiñó mi visión con un color rojizo y fue a dar en mi boca, anegando con su copiosidad los desesperados clamores de súplica infructuosa que de ella escapaban. Lo último que pude escuchar antes de salir por fuerza de la cámara real fueron los desconcertados rumores de los allí presentes; nadie estaba seguro de que fuera culpable, sin embargo, esto era a todas luces evidente: yo había asesinado al rey.
Una vez fuera de la sala, fui conducido directamente hasta los calabozos del castillo y arrojado dentro de una obscura y sucia mazmorra, cuya perenne noche me hace imposible precisar cuantos días he pasado ya en ella.
Según pude enterarme más tarde por las voces que llegaban apenas como ecos fantasmales hasta la silenciosa negrura de mi celda, a mi encierro siguieron los de muchos otros miembros de la corte, así como las ejecuciones de otros tantos. La conspiración nunca fue descubierta, sin embargo, el Gran Chambelán la usó de pretexto para deshacerse de cualquier obstáculo que se le presentara en su ambiciosa y vil empresa: usurpar el trono vacante. Y sin duda llevó bien a cabo su deseo malevolente, pues precisamente hoy, cuando esto escribo, es la víspera de su coronación, para la cual se granjeó el beneplácito del pueblo mediante sucias mentiras y promesas vacías. Forzó a la reina a desposarse con él, se hizo de una corte de oportunistas sin escrúpulos y empuñó el cetro que él mismo había traicionado diciendo que, a falta de heredero, alguien digno y competente habría de gobernar el reino. Yo, por mi parte, entre estas cuatro pétreas y gélidas paredes donde anidan las arañas y que terminarán siendo mi injusta tumba, veo a la Tiranía, bestia alada y de espumosas fauces, cernirse sobre nuestras alguna vez prósperas y venturosas tierras; y en mi alma está izada la terrible enseña de la culpa, pues no fue otro sino yo quien, matando de risa al rey, puso la piedra angular para la fundación de este horrible e infame monumento. Yo, quien tanto tiempo viví tan sólo para aligerar las aflicciones de la corona, soy ahora la primera causa de su ruina. No me queda más que esperar, entre sollozos, que mis ojos se cierren para siempre… ¡Oh Muerte, irónica mujer, tuya es siempre la postrera carcajada!


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