Cuando el oficial se quiso hacer pasar por negociante, lo miré con desconfianza: Hasta donde yo sabía, tener una hortaliza no era ningún crimen; y no me pasaba por la cabeza que un policía, por novato que fuera, ignorara cómo luce o huele la consabida hierba que le mandan confiscar sus superiores. Un tanto inquieto por las cifras que el policía insinuaba con tanta desenvoltura como si las estuviese barajando, lo interrumpí para aclarar que se trataba tan sólo de una inofensiva y suculenta papaya. Al escuchar mi declaración, este parlanchín se atragantó con sus palabras y quedose yerto, bien abiertos los ojos de coyote. Por mi parte, temí por la maceta, pues parecía resbalarse de sus manos inertes.
Entonces se acercó el otro policía, más alto, de rostro alargado y sombrío, que al hablar se retorcía maliciosamente el mostacho. Preguntó con voz golpeada qué era eso que traía en la caja de plástico, mas no lo satisfizo mi sincera respuesta. Me ordenó dejar el arenero en el suelo a punta de pistola, quizá llevado por un delirio de profesionalismo; aunque en semejante situación lo único que transmitió ese gesto fue fanfarronería. Entonces removió un poco de arena con los dedos y, no seguro todavía, alzó la caja hasta la altura de su pecho. Yo traté de advertirle mientras introducía su cabeza por el único agujero del recipiente, pero -como reza el proverbio- la curiosidad mató al gato.
A juzgar por el sonido de su aspiración, la arena subió con fuerza por las fosas nasales y terminó sin duda incrustada en su cerebro… Como sea, el osado policía rompió al instante en un ataque de tos; dejó caer la caja y la arena se desparramó en el pavimento, liberando su penetrante hedor. Cuando su pareja comenzó a golpearle el pecho y jalarle las orejas impidiendo que se asfixiara, tuve que morderme el labio para no soltar una carcajada. Me acerqué después al cofre de la patrulla con discreción, pues el chaparro había dejado allí la planta para ir en socorro de su amigo. Pero éste, viéndome deseoso de huir, hizo lo que haría todo buen policía y, anteponiendo el deber a toda insignificancia, abandonó al otro con sus regurgitaciones para salirme al encuentro:
-¿A dónde con tanta prisa, chavo? Lo tenemos que remitir por… por andar ensuciando la vía pública.-Puedo sospechar qué cara puse al escucharlo, pues trató de corregirse de inmediato.-Perdón, quería decir: por agredir a un oficial…
En este punto, no pude disimular la irritación que me suscitaba semejante oportunismo; tanto así que el policía, al advertirlo, cambió de tono y me dijo, casi susurrando y sin mirarme a los ojos:
-Usted verá, joven: nosotros le limpiamos esto y nos hacemos de la vista gorda; pero ahora sí que, como quien dice, va a tener que caerse con…-No había terminado de hablar cuando escuchamos, con bastante asco, cómo el otro oficial, inclinado sobre unos arbustos, los regaba con su cena a medio digerir.
Dada la molesta insistencia, decidí sacar del bolsillo las primeras monedas que encontré y las azoté sobre el cofre, enfadado en demasía. Sin darme cuenta, el oficial ya había recogido el arenero y me lo ofrecía sumisamente y con fingida candidez. Se lo arrebaté de las manos, le di la espalda y proseguí mi camino de regreso a casa, sintiéndome impotente, frustrado, ultrajado…
Siempre había creído conocer qué cosas era ilegal portar; pero a mí, que sólo llevaba conmigo flora, higiene y reciclaje, ¿con base en qué artículo se me había detenido?, ¿con qué derecho se me había esculcado tan descaradamente? Según yo lo veo, andar por la vida con una actitud ecologista está acorde con una natural justicia; quien anda por la calle de la misma manera, ¿cae debajo de una jurisdicción diversa? Aunque bien podría responder alguien que sucumbir a la avaricia y aprovecharse del poder también es actuar conforme a la naturaleza… en efecto, a nuestra más mezquina y vil naturaleza humana.

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