18.7.09

Un incidente policial (1 de 2)

En un país de paradojas como el nuestro, confesar observancia a la autoridad quizá suene a atentado contra los derechos humanos. Sin embargo, no siento culpa al revelar que, sea por naturaleza propia o por condicionamiento heredado, siempre he sido un ciudadano respetuoso de las leyes, del consenso social y de su esforzada salvaguardia: el honorable cuerpo policíaco. Las pocas veces que fui abordado por alguno de sus robustos miembros, nunca opuse resistencia alguna, por injustificado que me haya parecido el hecho. En tales casos me reduje sencillamente a acatar las amonestaciones de los señores oficiales y a emendar mi falta con un billete, si acaso un par, según demanda el divulgado protocolo. ¡Y es que estaba seguro de que, siendo ellos los servidores públicos, debían ser mucho más versados que yo en materia legal! Debían ser, digo, porque justo hace unos días me encontré en tan lamentable situación que terminó por arrancarme de raíz mi ingenuidad: Esto cuando se me fueron imputados los cargos de nada menos que conspiración ambiental.

Sucedió, pues, que cierta noche, pasadas ya las doce, salí de casa de un viejo y dadivoso amigo con una recién germinada planta de papaya y un garrafón de gasolina que había servido alguna vez de arenero a su gatita, y ahora lo sería para el mío (Oh, feliz fineza de los felinos!). La distancia hasta mi casa era de unas cuantas cuadras, así que opté por no usar el auto, en favor de mis pulmones y los de la ciudad. Había llovido y refrescaba húmedamente, como cualquier noche turbia de verano; y una vez que crucé la avenida de la zona, sólo mis pasos se oían a la redonda, al compás del viento meciendo las hojas. Por un momento llegué a pensar que disfrutaría finalmente de una caminata solitaria en la ciudad: Sólo yo y los sublunares gatos… Hasta que al doblar una esquina resonó el aullido de una sirena. No sé si fue porque se alarmaron de ver un caminante nocturno o porque mi espontánea sorpresa ante los cegadores destellos de azul y rojo les azuzó la avaricia, pero el horrísono altavoz se hizo escuchar de inmediato:

-¡Alto, chavo! ¡Quédate allí!

Bajó uno por cada lado de la patrulla, azotando la puerta con petulancia y ostentando, prepotentes, la pistola. Yo, como acostumbro, esperé la primera embestida, que salió en forma de una muletilla por demás trillada:

-Nomás una revisión de rutina, joven… ¿Qué tiene allí?

El más bajo y rollizo de ellos veía mi planta con sospecha. Avanzó directo hacia ella y me la arrebató de las manos. Ni se preocupó siquiera por primero olfatearla; de haber percibido esa dulce esencia peculiar de la papaya, no habría hecho gala de su imbecilidad cuando se puso a recitar como un autómata sus líneas... Por algún motivo me recordó a los vendedores del metro:

-Ora por posesión de sustancias (pues sí traes tu buena cantidad), unos tantos pesos de fianza; ora por andar traficando, chavo, otros tantos…

1 comentario:

  1. Anónimo20.7.09

    ¿Y en qué termina la historia mi Nachito?

    Sé que falta un capítulo pero, como dicen, "na más nos dejas picados".

    jejeje, vientos Nachito.

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