
Comparado con el hombre, el más bello
de los simios es horrible. Ante la divinidad,
el más sabio de los hombres parece un simio.
Heráclito de Éfeso
de los simios es horrible. Ante la divinidad,
el más sabio de los hombres parece un simio.
Heráclito de Éfeso
Un viajero sin origen, un huérfano sin rumbo, un exiliado en tierra propia; éste ha sido el estigma que ha pesado sobre nuestra especie desde aquellos tiempos remotos en que nos percatamos de nuestra frágil desnudez, acaso en una cueva, arrimándonos unos a otros alrededor del fuego, o siguiendo en manada las huellas de alguna bestia herida entre la maleza. A lo largo de una peregrinación ya milenaria, la humanidad siempre ha dejado testimonio de esta pujante inquietud (nuestra perenne nostalgia) en las arenas inconstantes del mundo. Pero ni siquiera el tiempo, que lo devora todo, ha podido arrebatarnos la profunda intuición de nuestra propia nobleza. Ésta, en algunos casos particulares, consigue enaltecerse como un sol con todo el esplendor de su ralea y hace chispear al mismo tiempo al rey que duerme en cada uno de nosotros.
La poesía es justamente uno de esos casos, junto con las demás formas de expresión humana que extraen su materia prima de las ocultas regiones del espíritu. En particular Ovidio, poeta romano del siglo I d.C., abrevó de dos caudales de inspiración que manan de ese mismo venero sagrado, a saber, el arte y la religión. En efecto, en su obra cumbre de poco más de 12,000 versos a la que dio el título de Las Metamorfosis, esculpió en brillantes palabras la mayor parte de la mitología greco-latina que (hemos de advertir a los incrédulos) siempre fue algo más que un mero fabulario. En los primeros 100 versos, el poeta se dio a la osada tarea de versificar los albores del cosmos, pasaje que culmina con la sublime descripción de la creación del hombre.
Hace unos días, revisando las páginas de una edición que debería ya estar lista, me encontré con estos mismos versos deslumbrantes y, diría yo, apoteósicos. Juzgué que era buen momento para memorizarlos, pero ya desde la primera vez que los leí me despertaron tal entusiasmo que ahora no puedo resistirme a compartirlos con el lector virtual que pueda llegar a caer por estos lares. Pero antes, todo prejuicio histórico de lado (Ovidio y sus coetáneos eran antiguos, mas no tontos), me gustaría echar luz sobre un asunto digno de mención: en los versos se encuentran las dos explicaciones del origen de nuestra especie que más comunmente suelen esgrimirse, es decir, la creacionista y la natural, si bien en ese entonces eran formuladas bajo otras 'hipótesis'. En lo personal, celebro el que la disyuntiva quede sin solución: no estoy peleado con Dios ni con Darwin, pero creo que Ovidio hizo bien al poner el énfasis sobre el hombre mismo. Efectivamente, es en nosotros donde se realiza la indecible síntesis de ambas influencias: la terrena y la divina. He aquí, pues, la traducción en prosa:
El hombre nació, sea porque aquel Artífice (origen de un mundo mejor) lo creó a partir de la semilla divina, sea porque la tierra, entonces reciente y apenas separada del alto éter, retenía la simiente del cielo, con quien comparte la estirpe. El hijo de Iapeto (Prometeo), mezclando ésta con agua de lluvia, la moldeó con la forma de los dioses, regidores de todo, y, dado que los demás animales miraban agachados hacia la tierra, le dio al hombre una boca elevada, le ordenó mirar el cielo y elevar su erguido rostro hacia los astros. Así la tierra, que recientemente había sido tosca y sin forma alguna, transformada, se vistió con las desconocidas figuras de los hombres.
(Ov. Met. I, 79-89)

Hola. Un placer dar con sitios como este! No he podido leer demasiado (estoy repleto de exámenes) pero en un futuro no muy lejano me pasaré a menudo por aquí. Un saludo gallego desde España!
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