Una antigua opinión, que se remonta al sabio Pitágoras, pinta la sociedad humana como un enorme espectáculo donde todos tenemos parte. Otro hombre célebre, español y de sotana, al hablar del ‘Gran Teatro del Mundo’ desdibujó con audacia los límites entre la materia vital que anima la ficción y ese argumento ficticio que llamamos vida (en efecto, se sirvió de la frase para dar nombre a una de sus obras dramáticas). El asunto no es trivial; es mucho más que un juego de motivos literarios y trasciende estos dos casos que citamos por mera pleitesía. Una prueba contundente de cuánto estas especulaciones se insinúan furtivas en nuestra concepción del mundo está contenida nada menos que en el término con que nos referimos hoy día a cada individuo, es decir, persona. El término, acuñado en la antigua Roma, se refiere a las máscaras utilizadas por los actores en aquellos albores de arte escénica. No erraríamos, entonces, si aseveráramos que según nuestra visión actual, cuyo fiel reflejo es el lenguaje, cada uno de nosotros no es sino un actor. Toda esta divagación viene a cuento por una película que vi recién sobre un hombre que, sospechando la mentira detrás de un artificio semejante, se mostró lo suficientemente osado (cuando no temerario) como para seguirle el rastro al oculto guionista. En la película también, como antes apuntábamos, se mezclan realidad y ficción en un confuso torbellino, pues narra la historia verídica de Jim Garrison y su travesía en el laberinto de apariencias urdido en torno al asesinato de John F. Kennedy.
La película (que, por cierto, casi cuenta ya dos décadas) abre con una veloz secuencia de imágenes impactantes que en breve tiempo nos hacen respirar la agitada atmósfera de los Estados Unidos en los sesenta, cuando el país se estremecía en un entusiasmo de revolución pacifista mientras las selvas vietnamitas eran rociadas con napalm y la guerra fría amagaba tormentas nucleares. Oliver Stone, director y guionista de la película, pero también veterano de Vietnam, es quizá el más indicado para materializar ante nuestros ojos el espíritu de aquella época. En seguida, el asesinato tristemente célebre, seguido de algunas escenas en apariencia aisladas pero lo suficientemente sospechosas como para sugerirnos ya de entrada que algo no anda bien. Al protagonista, encarnado por Kevin Costner, no tardan mucho en presentárnoslo: un juez de Nueva Orleans, hombre de principios de los que cada vez hay menos, padre de familia tradicional y entregado a su trabajo con la consciencia servicial de quien se sabe servidor público. Dicen que el destino de un hombre es su carácter, y justamente es por esa integridad y diligencia de paladín de antaño que Jim Garrison se aferra a algunos indicios de inconsistencia en el proceso de Lee Harvey Oswald, asesino oficial del presidente, y los sigue hasta encontrarse inmerso en un intrincado tejido de situaciones donde nada es lo que parece y todo obedece a motivos ocultos. Al final, hasta los mismos conjurados que había creído descubrir terminan por revelarse como meros títeres actuando, sin saberlo, en una obra maquinada por alguien que observa impasible y sonríe sardónico tras bambalinas. En el punto más álgido de la investigación, un agente secreto de la CIA extiende a nuestro héroe el hilo de Ariadna, y éste experimenta un abrupto e inquietante despertar que no admite vuelta atrás. Simbólicamente, la develación de la verdad acontece a sólo unos pasos del obelisco en Washington…
Entre los aciertos de la película, que faltan dedos para enumerar, quizá el más notable sea la manera en que se nos abren en simultáneo los obscuros meandros de la conspiración y las puertas a la vida privada del protagonista. De esta manera presenciamos su tenacidad rayana en obsesión, sentimos su estupor que parece alcanzar la paranoia y, junto con su familia y sus colegas, se nos permite dudar de sus conjeturas. En un momento, uno se ve obligado a pensar que se trata de un argumento de ficción cuidadosamente elaborado, pero ficción a fin de cuentas. Sin embargo, Oliver Stone se encarga de recordarnos que todo este asunto es tan real que sigue constituyendo aún hoy un misterio impenetrable. Al final el espectador se queda con ese perturbador presentimiento de que el mundo entero es sólo apariencia, un mero proscenio antepuesto a las tramoyas que verdaderamente operan. A propósito de esto último, resulta inevitable pensar en todas esas teorías de conspiración de las que en estos tiempos se ha vuelto frecuente escuchar. El ánimo gringo, al parecer, es particularmente ingenioso para urdirlas y proclive a creerlas, quizá justamente por la herida que dejó este episodio de su historia aún no cicatrizado, y nadie negará que en muchas de ellas late siempre algo de sensacionalismo casi morboso. Pero para quienes se atreven a echar a volar la imaginación, vista a la luz de estos rumores la película puede resultar especialmente sugerente. Pues si al menos una de las acusaciones que Garrison verdaderamente esgrimió en el juicio por conspiración contra un magnate y antiguo agente de la CIA se demuestra verdadera, como la colaboración del asesino de Kennedy para esta misma agencia, la falta deliberada de seguridad en el desfile presidencial en Dallas, o la omisión de testigos clave durante las primeras pesquisas, ¿no sería lícito al menos sospechar que esta truculenta forma de hacer política haya sido utilizada más de una vez? Sin duda existen ejemplos posibles en tiempos recientes, no hace falta pensar mucho para dar con ellos. Pero quede todo esto en manos del lector. Yo, a manera de estímulo, simplemente cierro con una frase atribuida a Joseph Goebbels, inventor de la infame propaganda nazi que, irónicamente, bien podría seguir en uso: ‘Una mentira, para ser creída, debe ser lo suficientemente grande y siniestra.’

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