En este mundo de tierra y de tormenta la Verdad crece como una flor discreta, casi imperceptible, que germina lenta bajo las pisadas de los hombres. La lluvia anega el fango que la alberga, hostil como un mar enfurecido contra un indefenso navío, despiadado como un desierto sin confines para el sediento viajero; pero la semilla de esta flor fue forjada en el seno de una estrella incandescente, cuyo fuego la bautizó de antemano contra cualquier inclemencia. El fatigoso paso del tropel la hiere, pero no la abate; la ensucia la inmundicia, mas nunca la marchita; sus raíces, de hecho, ya aprendieron a alimentarse de ella, mientras que en sus tenues brotes gotea el rocío de las lágrimas que los viajeros dejan caer sin miramientos.
Pero a veces -sólo a veces, cuando el retoño goza de una fortuita bonanza- el tallo logra hacerse camino en su sitial lodoso y la yema, erguida y delicada, asoma un pétalo que esplende con la sonrisa de una luna creciente. Entonces, algún hombre de aquellos que andan a paso lento entre la acelerada muchedumbre, la cabeza gacha y escrutando el suelo (como si buscaran en él lo que hace tiempo el cielo parece haberles negado); uno, pues, de esos ilustres sin nombre advierte que ha florecido lo que tenía por yedra. Se detiene de pronto sin importarle nada: su corazón, en un vibrante anhelo, lo impele a llevar consigo ese insólito tesoro, pero lo contiene el misterioso influjo de un sentimiento más noble, más fuerte, más profundo. Sólo el alma sabe que ha de seguir entonces: Quizá el hombre se quede a contemplar esa naciente rosa, contento con el color de los furtivos pétalos y urdiendo en su imaginación las delicias de la futura fragancia. Quizá -presa de un genio más osado- trate de compartir aquel precioso hallazgo con quienes pasan a su lado: prenderá la esquiva mano de alguno que pasa; tratará de detener a otro; gritará a los cuatro vientos que no hay razón de huir más del relámpago ni de temer al trueno, pues en la tierra misma hay una flor cuya belleza hace olvidar toda zozobra...
Los más seguirán de largo sin prestar oídos; alguno escuchará (tal vez) un rato, mas volverá después a su sendero sin rumbo. Con pena el pobre ingenuo tolerará las burlas de aquellos a quienes desea enseñar la flor, pero que ni siquiera voltean hacia donde éste señala con el dedo. Con dolor sufrirá que, en un arrebato de frenesí o de ira -para él, en esa situación, la diferencia será nula-, la escandalosa turba pisotee lo que podría ser su único consuelo. Y es así como esa flor de flores, después de tanto silencioso esfuerzo, queda de nuevo reducida irremediablemente a un tallo delgado y trunco que se estremece con el severo soplar de la ventisca. Pero aunque nadie sabe cuándo ni cómo el Tiempo se alineará de nuevo en tan feliz coincidencia, una cosa tan sólo se tiene por segura: que nada de esto ha sucedido en vano, pues nada se ha perdido para esa flor endeble, mientras su recuerdo haya ganado el corazón de un hombre.
Pero a veces -sólo a veces, cuando el retoño goza de una fortuita bonanza- el tallo logra hacerse camino en su sitial lodoso y la yema, erguida y delicada, asoma un pétalo que esplende con la sonrisa de una luna creciente. Entonces, algún hombre de aquellos que andan a paso lento entre la acelerada muchedumbre, la cabeza gacha y escrutando el suelo (como si buscaran en él lo que hace tiempo el cielo parece haberles negado); uno, pues, de esos ilustres sin nombre advierte que ha florecido lo que tenía por yedra. Se detiene de pronto sin importarle nada: su corazón, en un vibrante anhelo, lo impele a llevar consigo ese insólito tesoro, pero lo contiene el misterioso influjo de un sentimiento más noble, más fuerte, más profundo. Sólo el alma sabe que ha de seguir entonces: Quizá el hombre se quede a contemplar esa naciente rosa, contento con el color de los furtivos pétalos y urdiendo en su imaginación las delicias de la futura fragancia. Quizá -presa de un genio más osado- trate de compartir aquel precioso hallazgo con quienes pasan a su lado: prenderá la esquiva mano de alguno que pasa; tratará de detener a otro; gritará a los cuatro vientos que no hay razón de huir más del relámpago ni de temer al trueno, pues en la tierra misma hay una flor cuya belleza hace olvidar toda zozobra...
Los más seguirán de largo sin prestar oídos; alguno escuchará (tal vez) un rato, mas volverá después a su sendero sin rumbo. Con pena el pobre ingenuo tolerará las burlas de aquellos a quienes desea enseñar la flor, pero que ni siquiera voltean hacia donde éste señala con el dedo. Con dolor sufrirá que, en un arrebato de frenesí o de ira -para él, en esa situación, la diferencia será nula-, la escandalosa turba pisotee lo que podría ser su único consuelo. Y es así como esa flor de flores, después de tanto silencioso esfuerzo, queda de nuevo reducida irremediablemente a un tallo delgado y trunco que se estremece con el severo soplar de la ventisca. Pero aunque nadie sabe cuándo ni cómo el Tiempo se alineará de nuevo en tan feliz coincidencia, una cosa tan sólo se tiene por segura: que nada de esto ha sucedido en vano, pues nada se ha perdido para esa flor endeble, mientras su recuerdo haya ganado el corazón de un hombre.

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