Hay quienes dicen que el Arte representa un escape del mundo cotidiano hacia otro que, sin dejar de ser verosímil, enciende la fantasía y despierta las más ocultas aspiraciones del corazón humano. El arte, en otras palabras, es un universo aparte. En el caso del éxito de taquilla que es Avatar, la esperada última entrega de James Cameron, esto se verifica puntualmente: la película, en efecto, son cerca de dos horas de un vívido y vibrante éxtasis de la imaginación que, además, no obstante lo escueto de la trama, pretende inspirar en el espectador una profunda sensación de sacralidad, si cabe aquí dicho término. El que la película logre o no esto último depende quizá de la opinión de cada uno; en nuestro caso, dado que se trata de hacer algo parecido a una reseña (la primera, por cierto, que un servidor ensaya), nos ocuparemos solamente en dar un somero pantallazo.
Para el desinteresado o despistado que no haya escuchado aún el argumento (cosa difícil, dada la tardanza con que subo esta entrada al blog), Avatar narra la inflitración de un soldado humano en una comunidad de seres altos y azulados de otro planeta, los Na'vy, que son presentados como una versión extraterrestre y mucho muy sugestiva del mito del buen salvaje. Así pues, la tarea de Jack Sully, el afortunado elegido para hacer contacto, consiste en ser aceptado y asimilado por los nativos. La misión, empero, se encuentra entre la espada y la pared: por un lado están los intereses de la comunidad científica, que favorece la diplomacia, y por otro la milicia, que sirve a amos de intereses mucho menos nobles y presiona constantemente a su enviado para llevar a cabo una sucia labor de inteligencia. El nombre de la película designa el tipo de disfraz genético con que los humanos son capaces de hacerse pasar por los aborígenes de Pandora, nombre del planeta en cuestión. Casi como nota al margen, he de decir que la palabra 'avatar' es de origen sánscrito y denota las encarnaciones terrestres del dios Vishnú; cosa que viene a cuento por la interesante similitud entre el aspecto de los Na'vy y las representaciones de Krishna, justamente el octavo avatar del Preservador Omnipresente. En cuanto al desarrollo de la trama, como anunciábamos arriba, no podría decirse que se trate de una elaboración muy compleja ni mucho menos original. De hecho, muchos de los nudos y giros en la historia, cuando no son lugares comunes, resultan obviamente predecibles. O acaso ustedes, quienes ya vieron la película, ¿negarán que fue fácil de adivinar todo el asunto del Turuk Mactó ya desde su primera mención?
Pero, en lo personal, no creo que Avatar haya de ser medida con esta vara, pues su valor estriba más bien en la variante en que ofrece la sustancia de una historia cuyos lineamientos bien podrían tacharse de trillados. En lo que a esto respecta, no nos detendremos en describir la riqueza visual de flora y fauna que se despliega ante el espectador boquiabierto y que hace de los efectos especiales de la película una labor exquisita, variopinta y casi artesanal (la cual, por cierto, recomiendo ampliamente ver en 3d). En efecto, sería ocioso transformar en palabras lo obvio. Por el contrario, quisiéramos hacer hincapié en otros elementos, no menos logrados, con los que Cameron mantiene ese prolongado hechizo que envuelve a todo aquel que mira su obra. Por ejemplo, el mecanismo del disfraz 'avatar': éste funciona de tal manera que el usuario debe dejar su cuerpo dormido en una cápsula especial para poder tomar posesión del cuerpo falso, dando así la sensación por buena parte de la película de una tajante dicotomía en la que Pandora hace las veces del colorido y emocionante sueño de una vigilia aborrecible y deprimente, donde el protagonista debe soportar con desgana la avaricia de unos, el maniático afán cientifiscista de otros y, por si fuera poco, su propia hemiplejia. O esa idea, piedra angular del guión, de que todos los habitantes de ese planeta formidable integran un enorme sistema de energía viviente, en el que los Na'vy tienen una posición privilegiada -mas no necesariamente superior- gracias al uso consciente del vínculo físico que hermana todas las formas de vida que Pandora acoge dentro suyo. En la apertura de esta reseña, al hablar de cierta sacralidad, era justamente esto último a lo que trataba de aludir y lo que sin duda hace de Avatar algo más que una película de ciencia ficción con buenos efectos especiales.
¡Y vaya que puede decirse de ella mucho más que eso! Sobre todo si escrutamos la fantasía de la película a la luz de hechos no tan fabulosos, como los conflictos entre una empresa multinacional y una tribu de Nigeria en la ya lejana segunda mitad del siglo XX. La comparación viene al caso, y el asunto es de suficiente actualidad como para merecer ser desempolvado. La historia, en resumen, sucedió así: En la Delta de Nigeria la empresa petrolera de renombre nacional, Royal Dutch Shell, un mal día -pues de bueno no traería nada- encontró un prometedor asentamiento de oro negro. El gobierno, que era entonces una dictadura militar, no fue difícil de persuadir para que permitiera a la empresa holandesa instaurar en el país sus excavadoras; el problema surgió cuando los ogoni, tribu habitante de esa región, comenzó a protestar al ver toda prístina vida y fertilidad de sus tierras succionada por las humenates máquinas. Muchas balas se dispararon y mucha sangre bañó el suelo nigeriano, la mayor parte -si no toda- de origen ogoni, y el conflicto alcanzó su punto más álgido con la acusación, aprensión y final ejecución de un reportero, ex-profesor universitario y activista, Ken Saro-Wiwa y otros líderes que habían levantado la voz en defensa del derecho natural de su gente. En sus declaraciones, la petrolera confesó haber dado armamento a la milicia nigeriana para la defensa de sus propiedades, que eran amenazadas por las revueltas del lugar. Este, por desgracia, es sólo un ejemplo entre muchos otros que podrían citarse.
Por su parte, Avatar muestra, mutatis mutandis, algo demasiado parecido como para ser pasado por alto: una empresa que, en su afán de enriquecimiento, está dispuesta a atropellar a cualquiera que se ponga en frente. Las coincidencias hablan por sí solas. A nosotros, además de recomendar ampliamente la experiencia de la película, no nos queda sino concluir con una modesta pregunta al lector: ¿Sabía que Shell firmó recientemente un acuerdo con el gobierno iraquí para la explotación de sus campos petroleros? Esto dicho, que cada quien entienda lo que pueda.

No hay comentarios:
Publicar un comentario